Protagonistas de la transformación digital

Avatar

Transitamos tiempos de conversión.

Mi generación, la de los nacidos por los años 80, hemos vivido los dos mundos. El mundo analógico y el mundo digital. Qué afortunados somos de ser parte de la generación protagonista del cambio.

Pareciera que fue hace muchísimos años pero no fue tanto. Desde discos de vinilo que tenían nuestros padres y abuelos en casa, y que se reproducían en el tocadiscos, cassettes en los minicomponentes o walkmans que rebobinábamos con un bolígrafo de determinada marca dada su forma, de este modo ahorrábamos pilas o podíamos volver a escuchar nuestro tema preferido ante una situación de emergencia en la que solo quedaran pilas para la reproducción pero no para la función avanzada del rebobinado.

Luego evolucionamos a los compact disc con sus respectivos CD players y ahí ya fuimos parte del primer salto al sonido digital.

Algunos, quizás los más fanáticos de la tecnología o de la música, o de ambas cosas como era mi caso, aquellos que nuestra primera compra importante en la vida fue algún aparato de última generación que reproducía música, seguramente recordamos los Minidisc, que no tuvieron su explosión y su momento de auge y popularidad, porque pronto fueron alcanzados y superados por el MP3 en la computadora o en pequeños reproductores que lo cambiaban todo. Dado que la música ya no sería sensible a los movimientos físicos que sufriera el reproductor complicando la experiencia, que era el gran problema de los compact disc. Además, estéticamente, no había cosa más linda y objeto de deseo máximo que un hermoso reproductor de MP3 de diseño espejado y color vibrante que cupiera en la palma de la mano. El MP3 lo revolucionó todo, comenzamos a armar nuestras propias listas de temas, podíamos tener cientos de ellos en un reproductor de mínimo tamaño.

Conseguir los archivos era otra cuestión, pero en esa época, internet todavía era un mar en plena revolución que incluía piratería sin control y asuntos como el copyright y los derechos de autor todavía no estaban en agenda ni se entendía bien como funcionaban. Primero llegó la tecnología y luego las leyes que la regularon, como suele suceder.

Por las dudas, si lográbamos bajar algunos archivos, nos hacíamos copias de seguridad. No vaya a ser cosa que sucediera algo y perdiéramos nuestra música. Lo único que teníamos bien claro, es que podíamos tener toda la música que quisiéramos, en cantidades industriales, en un dispositivo del tamaño de un lápiz labial, una verdadera maravilla.

Pero luego llegó algo más para cambiarlo todo otra vez, lo más reciente: el streaming.

Sin dudas, una revolución, un cambio absoluto en la manera de consumir entretenimiento. Cambió la forma de ver series y películas, de almacenar información, ahora ya no localmente en nuestra computadora, discos rígidos externos o dispositivos, sino en una “nube”, algo abstracto, que no se sabe bien en donde está, ni a quien pertenece realmente. Se puede contratar un espacio de nube a Apple y que la provea Amazon, o Microsoft. Pasamos a usar software como un servicio (SaaS) en lugar de comprar una licencia, y la música no es la excepción. La música por streaming fue uno de los primeros contenidos en incorporarse a esa nueva tecnología en la vida cotidiana. Ya nadie, o casi nadie que se autoperciba tecnológico, va a seguir escuchando CDs, o MP3. Nostálgicos tal vez, pero distintas fuentes coinciden que alrededor del 75% de las personas conectadas a internet consumen música por streaming y desde ya han dejado ir a sus viejos archivos de MP3 de backup.

Hoy, la música se encuentra alojada en algún lugar remoto que desconocemos y ni siquiera nos interesa, pero al que accedemos fácilmente a través de aplicaciones de nuestros dispositivos personales y hogareños mediante el pago de una suscripción y una conexión a internet.

Sin dudas las cosas cambiaron y continúan cambiando a gran velocidad. Muy probablemente este artículo pueda quedar obsoleto en un tiempo corto y el cambio llegó para todos, no solo para los particulares que consumimos Netflix y Spotify para uso hogareño y personal, el cambio también llegó para las empresas y las organizaciones públicas y privadas.

Todas estas entidades también se encuentran inmersas en el mundo del streaming y la revolución digital. Cuando yo trabajaba en Microsoft, me dedicaba a vender licencias y cajas. El software se vendía al público general en las cadenas de retail, y la caja tenía un sentido, el compact disc físico con el software para instalar. A las empresas les enviábamos los compact disc o ya tiempo después, les habilitábamos una carpeta en internet para que se bajen los archivos. Pero todo esto prácticamente ya no existe, ahora el software se vende como un servicio y se paga una suscripción. Podríamos decir que en lenguaje corporativo, todo tiende a OPEX en lugar de CAPEX.

Por otro lado, las organizaciones hoy también utilizan la tecnología disponible para comunicarse mejor, y viajar menos, a través de la práctica de videoconferencias, y el uso de distintas herramientas de colaboración entre funcionarios, sin mencionar el enorme salto tecnológico del que todos ya estamos hablando durante la pandemia y que llegó para quedarse.

Y prácticamente todo converge en un mismo lugar dentro de las organizaciones: la infraestructura de red. Un conjunto de equipos, cables, dispositivos, y tecnologías que hacen que todo pueda comunicarse con todo dentro de la red interna y hacia internet. Las computadoras, los teléfonos móviles o fijos, las cámaras de seguridad, entre otros dispositivos que se usan en las organizaciones, pasan por esa infraestructura, ya sea física o lógicamente.

Sin embargo, y ya que hablábamos de la música, la conversión al mundo digital en el ámbito de las organizaciones y empresas, recién está comenzando.

Si visitamos cualquier cadena de retail, vamos a escuchar música de fondo seleccionada para el público objetivo, anuncios, mensajes en vivo que alguien dice desde un micrófono en alguna caja o lugar central. Cuando nos trasladamos por un estacionamiento u otros sitios, a veces vemos altavoces estilo corneta que sirven para dar sonidos de emergencia en caso de incendio.

Básicamente estos ejemplos, como muchos otros, tienen algo en común: aún son sistemas analógicos en su gran mayoría. Es decir, están por fuera de la “infraestructura de red” en la que todo lo demás converge. No los podemos conectar a la red existente o esto es muy complejo, requieren su propio cableado, su propia fuente de alimentación e instalaciones avanzadas. Inclusive aún, con todo esto, sus prestaciones son limitadas y los sistemas de audio tradicional analógico en las organizaciones suelen cumplir una única función. Mientras todo en estas entidades, desde la perspectiva tecnológica, dio su salto evolutivo, el audio parece haberse quedado detenido en el tiempo.

Muchos dispositivos de red que hoy usan las organizaciones, son POE, que significa “Power over ethernet”, es decir, que con un único cable de red que va conectado a un switch central, llevamos conectividad de red y energía eléctrica al dispositivo. Muchas de las cámaras de seguridad que hoy existen en el mercado son POE, facilitando enormemente su instalación en cualquier lugar, haciéndolas funcionar conectadas a la red, con un único cable y lo más interesante es que esto hoy también se extiende al audio. El audio en red está logrando posicionarse como una tecnología eficiente, flexible, escalable y segura que permite transformar también al ámbito organizacional, en el cambio que vemos y vivimos en la vida personal.

Cerremos los ojos por un instante e imaginemos una voz proveniente de un micrófono de red conectado a un switch de una compañía, mediante un único cable. Esa voz se reproducirá a través de un altavoz en red conectado al mismo switch de manera simple, pondrá en pausa la música de fondo que se reproduce todos los días vía streaming, y de manera alta y clara dirá: «¡Bienvenidos al futuro del audio en las organizaciones!».

Sistemas de audio en red